En mis célebres cursos de escritura me enseñaron que cuando uno reseña (y esto Tay vos lo sabrás y muy bien) debe ser lo más subjetivo posible.
No llevar explícitamente al lector hacia ninguna conclusión, dejarlo que él eliga su camino.
En este caso es imposible. Porque estoy por hablar de uno de los libros que más me atrapó, obsesionó y fascinó, en el momento de lectura.
Gabriel García Marquéz tiene una colección infinita y fabulosa. 100 años de soledad es uno de ellos.
En enero del 2005 me fui de vacaciones a San Bernardo, una de las opciones de la costa altántica argentina.
Por suerte heredé una colección de libros, que me encargo día a día de hacerla engordar (y más ahora que voy a empezar a cobrar un sueldo por mi trabajo).
Decidí llevarme ese librito de tapa azul (porque lo forré así para que no se arruine la tapa original en el viaje) que hacía tanto tiempo quería leer pero no encontraba el tiempo, que pasaba por la biblioteca suspirando, intentando buscarle su espacio en mi vida, pero él no aparecía; es de esperarse que 100 años de historias no se podían leer a bordo de un transporte público o otras circunstancias, debía dedicarle entre otras cosas, tiempo.
Y así fue. Fue amor a primera vista. No podía despegarme de él. Tenía que seguir leyendo. Supongo que para los que se fueron de vacaciones conmigo debió haber sido molesto mi dedicación al librito azul, pero estabamos de vacaciones, y así como decidimos viajar a la costa yo había decidido viajar a Macondo y pasar una temporada ahí.
En cuanto a la obra no se cuantos lo habrán leído. Si no lo han hecho, se los recomiendo de corazón. Algunos critican que se "confunden los nombres", quizás son los mismos que nunca viajarían a Macondo. Una vez que estás ahí ya te olvidas de las etiquetas, si es Aureliano o Úrsula o lo que sea, te dedicás a disfrutar la novela en las acciones (no sólo las físicas sino también las espirituales).
No quiero contar mucho de la novela en sí, por si alguno no la ha leído y está pensando en hacerlo, o le pasa como a mí que camina cerca de su biblioteca, ve la obra y suspira.
viernes, 17 de noviembre de 2006
jueves, 16 de noviembre de 2006
Hablemos de Saramago

Bueno, amigos, como veo que nadie se anima a empezar la tertulia, decidí que ya estaba bueno de andar rondando por aquí sin escribir nada, y quiero empezar con un tema que tuvo mucho que ver con la generación de este blog.
¿Recuerdas, Marian, que platicábamos lo hermoso que sería hablar de autores, películas y todas esas cosas que poco a poco hemos ido encontrando en común?
Si mal no recuerdo, la idea tuvo que ver con la mención de Saramago en un texto, y decidí que ya era hora de hablar de este autor portugués, Premio Nobel de Literatura, que por lo que se ve nos ha cimbrado a todos.
Bien, te cuento Marian, aunque en realidad como estamos en una sabrosa tertulia con cafesito o copita a un lado les cuento a todos que yo llegué a Saramago (para no variar) de la mano de mi hermano Grimalkin.
Él ya me había hablado de Saramago que a su vez le había sido recomendado por unos amigos (desmiénteme si no fue así, querido bardo) y lo hizo con tal emoción que me inoculo el deseo de leerlo, así que en la primera oportunidad corrí a la librería y adquirí Ensayo sobre la Ceguera. ¿Por qué ese y no cualquier otro? Eso es algo que creo que tuvo que ver con el título que francamente me parece genial.
En fin, me receté Ensayo sobre la Ceguera de una sentada. Antes, debo contarles que para mí la lectura de un buen libro es equivalente a estar en un teatro y subirme a actuar con los demás que están en el escenario. Vivo tanto las historias, que me acabo conviertiendo en una más de los personajes.
En fin, la aclaración la hice porque Ensayo sobre la Ceguera fue una experiencia difícil. De entrada, me costó un poco de trabajo entender el uso de la grámatica que hace Saramago, pero sobre todo, acabé conviertiéndome en un personaje más, fui perdiendo la vista y llegue a los límites de la miseria humana.
Fue tan fuerte la impresión que me causó este libro, que sentí aversión y no simpatía por este autor.
Sin embargo, poco a poco descubrí que ahí era donde estribaba la genialidad de José Saramago, es contundente y la impresión que te deja es tan fuerte y tan honda como él haya querido provocarla.
Concluido lo anterior, corrí a adquirir El Evangelio Según Jesucristo, que hasta ahora es la novela que más me gusta de este Premio Nobel, no sólo porque el personaje de Jesucristo en sí siempre ha llamado mi atención, sino por la valentía que desplegó Saramago al escribirla, por esta nueva y refrescante visión de las creencias y por la honda crítica que hace a sistemas como el catolicismo. ¡Qué tal esas páginas casi al final del libro donde recorre desde las Cruzadas hasta la actualidad y refiere todas las aberraciones que se han cometido en un pretendido nombre de Dios! Impactante
Después, adquirí La Balsa de Piedra, que me gustó aunque no me pareció tan contundente como las novelas anteriores; El Hombre Duplicado, La Caverna, que me conmovió hasta las lágrimas, y finalmente Ensayo Sobre la Lucidez.
Con este último libro me pasó una experiencia curiosa, que no sé si haya pasado en todos los lugares del mundo. ¡Los procesos electorales que describe Saramago me parecieron tan familiares, tan cercanos a los de México! Para colmo, cuando lo leí estábamos a un paso de las elecciones en mi país, y no crean, evalúe seriamente la posibilidad de promover los votos en blanco como un golpe para el sistema, tal como lo pinta Saramago.
Pero además este autor que ya es un ciudadano del mundo, me enamora también por sus posturas como figura pública. No se me olvida la vez que dijo que la lectura era para una élite, sin importar la reacción de las buenas conciencias, o cuando expresó su rechazo al proceso de desafuero que estaba a punto de cocinarse en México.
En fin, tengo pensado leer todo lo que ha escrito y escribirá, pero ahora estoy en un bache de dinero y desafortunadamente, como ya lo dijo el propio Saramago, leer es para una élite.
¿Y a ustedes, Marian, Gaby, Feri, Grimalkin, cómo les fue con don Saramago?
martes, 14 de noviembre de 2006
La flor del silencio

Un nuevo poema que Dios ya dio por terminado, me pide salir con un suave toc-toc desde dentro de mi pecho.
Le abro la puerta y le veo cómo da un saltito hasta mi mano y me la cosquiellea sin parar. Así de duce y tierno suele ser Dios, cuando me pide que le haga de escribano.
A algo dentro de mi, no le resulta del todo fácil la humildad (¡a quién va a ser sino al ego!), y se resiste a quitarse el orgullo y colgarlo en una percha junto a mi sombrero; se resiste a escribir lo que él llama con desprecio "al dictado".
Así que nuevamente Dios se ve forzado a hablar, y con voz también tierna pero un pelín severo me recuerda cuál fue el acuerdo al que llegamos cuando firmé el contrato de poeta en su despacho del cielo: en su primer artículo decía que debía estar callado y dejar que fuese Él quien me dictase los versos.
"No es poeta- me insitió- el que se pone sin más a decir cosas sino el que entrega su pluma y deja hablar al SILENCIO".
José María Blanco
sábado, 11 de noviembre de 2006
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